Cuando nos situamos frente a una fotografía de Alois Beer podemos
encontrar múltiples lecturas. En una primera impresión, esas imágenes
que recogen escenas de la vida cotidiana o rincones monumentales de la
España de 1900, se nos presentan como testigos fidedignos de su tiempo,
mensajeras de una época que aparece sorprendentemente “viva” cien años
después, tal es la nitidez y perfección técnica que emana de las
mismas.
En una segunda lectura, podemos ir más allá de la mera contemplación de las imágenes, y pararnos a reflexionar sobre el contexto en el que la creación de las mismas se sitúa, atendiendo a la demandas comerciales y a los modos de entretenimiento de una sociedad cada vez más interesada en buscar nuevos horizontes a su cotidianeidad y totalmente rendida a los avances técnicos que pueden proporcionárselos.
En aquella época, la fotografía había pasado de ser una rareza, el experimento artístico de unos pocos, para convertirse en una sólida industria. Los avances técnicos permiten la reproducción a gran escala de las imágenes lo que promueve una intensa actividad comercial. Paralelamente, surge en el seno de la pujante burguesía la necesidad de ampliar su cultura y conocimientos. La proximidad de la herencia del romanticismo, el deseo de viajar y conocer culturas distintas de la propia, la curiosidad por escenarios exóticos y de gran carga histórica, van a ser determinantes en la creación de estos auténticos “museos fotográficos” que recopilarán imágenes de distintos países, entre ellos España.
La tercera lectura que proponemos parte del hecho de que muchas de estas fotografías, y en concreto la serie sobre España, fue realizada en formato estereográfico. La fotografía en 3D o en relieve estaba de moda y su contemplación a través de dispositivos estereográficos, tanto en el hogar como en locales específicos, era tan indispensable como ahora lo es contemplar la televisión o el cine. Buceando en esta técnica y reflexionando sobre los resortes de seducción de la imagen, pondremos broche final a nuestro paseo por la España fotografiada en 3D por Alois Beer.
En una segunda lectura, podemos ir más allá de la mera contemplación de las imágenes, y pararnos a reflexionar sobre el contexto en el que la creación de las mismas se sitúa, atendiendo a la demandas comerciales y a los modos de entretenimiento de una sociedad cada vez más interesada en buscar nuevos horizontes a su cotidianeidad y totalmente rendida a los avances técnicos que pueden proporcionárselos.
En aquella época, la fotografía había pasado de ser una rareza, el experimento artístico de unos pocos, para convertirse en una sólida industria. Los avances técnicos permiten la reproducción a gran escala de las imágenes lo que promueve una intensa actividad comercial. Paralelamente, surge en el seno de la pujante burguesía la necesidad de ampliar su cultura y conocimientos. La proximidad de la herencia del romanticismo, el deseo de viajar y conocer culturas distintas de la propia, la curiosidad por escenarios exóticos y de gran carga histórica, van a ser determinantes en la creación de estos auténticos “museos fotográficos” que recopilarán imágenes de distintos países, entre ellos España.
La tercera lectura que proponemos parte del hecho de que muchas de estas fotografías, y en concreto la serie sobre España, fue realizada en formato estereográfico. La fotografía en 3D o en relieve estaba de moda y su contemplación a través de dispositivos estereográficos, tanto en el hogar como en locales específicos, era tan indispensable como ahora lo es contemplar la televisión o el cine. Buceando en esta técnica y reflexionando sobre los resortes de seducción de la imagen, pondremos broche final a nuestro paseo por la España fotografiada en 3D por Alois Beer.

