“Inshallah” es un ensayo fotográfico desarrollado en clave casi
literaria que discurre por un Marruecos contemporáneo, fundamentalmente
urbano, donde el mestizaje cultural se hace visible en la convivencia
de la tradición árabe y la influencia de la cultura occidental. La
muestra se hace eco de un Marruecos donde la televisión es un modelo
iconográfico a través del cual se filtran todo tipo de modas globales.
Inaugurada en la sede de la Fundación Tres Culturas en Sevilla, la exposición se ha presentado en Madrid y Barcelona, dentro de España y en Marruecos, en Tetuán, Tánger y Rabat.
Pero quizás podamos conocer algo más de la exposición a través de la propia experiencia del fotógrafo, Alfredo Cáliz:
"La llegada. El barco atraca lentamente y a uno le gustaría que esa maniobra durara toda la vida; quedarse pegado a la costa de Tánger eternamente, sin tener que elegir entre ninguno de los dos continentes. No soy capaz de imaginar una brecha tan estrecha y tan amplia en ninguna otra parte del mundo. Poner los pies en la tierra y sentir cómo ésta se mueve. Caminar a paso ligero para confundirse entre el gentío, a ver si cuela. Escuchar las voces, los timbres agudos de las mujeres, y los sorbos del té . Romper con el miedo inicial, acercarse para fotografiar, preguntar y hablar. La cámara como coartada para relacionarse, una foto y un té. Buscar poco a poco la manera de contar tu propio Marruecos.
Tarda, el fotógrafo, unos cuantos días –y unos cuantos rollos de película–, en despejar el camino que nos lleva inercialmente a lo exótico, si es que alguna vez lo consigue. Romper con tantos escenarios imaginarios creados en torno a las ideas del “oriente soñado”, la hegemonía de lo occidental y la superioridad sobre los musulmanes. El interés es fundamental para abrirse paso entre la espesura formada por los prejuicios y el enmarañado pasado común.
Más tarde llegará el medineo sin rumbo, las visitas a los curtidores de Marrakech cargado con dulces y zumo de naranja para compartirlos a la hora del desayuno, cuando el sol abrasador de la mañana les hace retirarse a su pequeña cueva a descansar. La escucha intensa e interesada del darixa, el dialectal marroquí que va de boca en boca para nunca posarse sobre el papel. Allí fue donde pregunté, por primera vez, por los baños públicos (hamman) y donde Larbi me trajo un pichón (jaman) entre las manos. Insistí día tras día en esta ceremonia de los dulces y el zumo de naranja, la escucha y las fotografías. Días más tarde, Assis me llevó de la mano hasta su casa y me invitó a comer junto a su familia. Comimos mucho, me quedé dormido sobre la alfombra. Al despertar, Assis estaba a mi lado, como protegiendo mi sueño. Me miró sonriente, se puso de pie y me arrastró hasta la puerta. Llevaba unos mendrugos de pan bajo el brazo. Yo le seguí perplejo hasta el estanque de La Menara, donde echamos de comer a los peces.
Y se sucedieron los viajes, las idas y venidas. Y se amontonaron las fotos una sobre otra, diluyéndose las mil historias en una sola. La del niño que me sigue a la salida de Imilchil y se despide con la mano a la altura del pecho; el padre de Latifah agachándose en el campo de Safi a recoger alcaparras; conocer a Caterina en un bar cualquiera de Lavapiés; deambular los domingos en el Rastro; los libros de Chukri; el vendaval en Essauira y sus muros portugueses tan húmedos; los viajes en autobús y el grito “sir allah sir” como una letanía en mi duermevela ; los viajes a otros países islámicos; la muerte de mi abuela; cambiar fotos por dinero en Madrid y tener dinero entre los que tienen menos; la sopa caliente y las canciones de Jilala en la halca de Zacarías… “
He fotografiado en tiempo de pateras y en tiempo de muros que crecen. He fotografiado un Islam cualquiera en los días en que cayeron las dos torres. He fotografiado para tratar de comprender. Uno viaja a Marruecos y cierra un círculo”.
Inaugurada en la sede de la Fundación Tres Culturas en Sevilla, la exposición se ha presentado en Madrid y Barcelona, dentro de España y en Marruecos, en Tetuán, Tánger y Rabat.
Pero quizás podamos conocer algo más de la exposición a través de la propia experiencia del fotógrafo, Alfredo Cáliz:
"La llegada. El barco atraca lentamente y a uno le gustaría que esa maniobra durara toda la vida; quedarse pegado a la costa de Tánger eternamente, sin tener que elegir entre ninguno de los dos continentes. No soy capaz de imaginar una brecha tan estrecha y tan amplia en ninguna otra parte del mundo. Poner los pies en la tierra y sentir cómo ésta se mueve. Caminar a paso ligero para confundirse entre el gentío, a ver si cuela. Escuchar las voces, los timbres agudos de las mujeres, y los sorbos del té . Romper con el miedo inicial, acercarse para fotografiar, preguntar y hablar. La cámara como coartada para relacionarse, una foto y un té. Buscar poco a poco la manera de contar tu propio Marruecos.
Tarda, el fotógrafo, unos cuantos días –y unos cuantos rollos de película–, en despejar el camino que nos lleva inercialmente a lo exótico, si es que alguna vez lo consigue. Romper con tantos escenarios imaginarios creados en torno a las ideas del “oriente soñado”, la hegemonía de lo occidental y la superioridad sobre los musulmanes. El interés es fundamental para abrirse paso entre la espesura formada por los prejuicios y el enmarañado pasado común.
Más tarde llegará el medineo sin rumbo, las visitas a los curtidores de Marrakech cargado con dulces y zumo de naranja para compartirlos a la hora del desayuno, cuando el sol abrasador de la mañana les hace retirarse a su pequeña cueva a descansar. La escucha intensa e interesada del darixa, el dialectal marroquí que va de boca en boca para nunca posarse sobre el papel. Allí fue donde pregunté, por primera vez, por los baños públicos (hamman) y donde Larbi me trajo un pichón (jaman) entre las manos. Insistí día tras día en esta ceremonia de los dulces y el zumo de naranja, la escucha y las fotografías. Días más tarde, Assis me llevó de la mano hasta su casa y me invitó a comer junto a su familia. Comimos mucho, me quedé dormido sobre la alfombra. Al despertar, Assis estaba a mi lado, como protegiendo mi sueño. Me miró sonriente, se puso de pie y me arrastró hasta la puerta. Llevaba unos mendrugos de pan bajo el brazo. Yo le seguí perplejo hasta el estanque de La Menara, donde echamos de comer a los peces.
Y se sucedieron los viajes, las idas y venidas. Y se amontonaron las fotos una sobre otra, diluyéndose las mil historias en una sola. La del niño que me sigue a la salida de Imilchil y se despide con la mano a la altura del pecho; el padre de Latifah agachándose en el campo de Safi a recoger alcaparras; conocer a Caterina en un bar cualquiera de Lavapiés; deambular los domingos en el Rastro; los libros de Chukri; el vendaval en Essauira y sus muros portugueses tan húmedos; los viajes en autobús y el grito “sir allah sir” como una letanía en mi duermevela ; los viajes a otros países islámicos; la muerte de mi abuela; cambiar fotos por dinero en Madrid y tener dinero entre los que tienen menos; la sopa caliente y las canciones de Jilala en la halca de Zacarías… “
He fotografiado en tiempo de pateras y en tiempo de muros que crecen. He fotografiado un Islam cualquiera en los días en que cayeron las dos torres. He fotografiado para tratar de comprender. Uno viaja a Marruecos y cierra un círculo”.

